El conflicto en Ucrania ha llegado a su tercer aniversario con una realidad que dista mucho de las expectativas iniciales que tenían Joe Biden y los líderes de la UE. La estrategia de la OTAN, encabezada por Estados Unidos, el Reino Unido y Francia, ha llevado a Ucrania a una situación crítica, donde la posibilidad de una victoria militar se ha desvanecido tras el fracaso de la contraofensiva de 2023. Desde entonces, cualquier analista serio ha reconocido que derrotar a Rusia sin una intervención masiva y directa de la OTAN es imposible. Sin embargo, esa opción significa, implica el uso de armamento nuclear. En esta variable no existe ganador y de seguro una humanidad derrotada.
En este contexto, es erróneo sostener que Donald Trump “le hace el juego a Vladimir Putin”. Sus preocupaciones responden a objetivos muy distintos: evitar la consolidación de un eje Ruso-Chino que refuerce el desafío al dominio del capital norteamericano. El mundo está atravesado por la guerra económica con Pekín. Este es el verdadero conflicto estratégico. El giro de Trump en política exterior, siguiendo los consejos de Henry Kissinger, se orienta a impedir que esta alianza cristalice, más que a beneficiar directamente a Moscú.
Evitando un “Vietnam” de la OTAN
El desarrollo de los acontecimientos ha demostrado que las sanciones económicas contra Rusia han sido ineficaces y que la resistencia militar de Ucrania no ha logrado cambiar el curso de la guerra. El ejército ruso toma ciudades y pueblos todos los días, está a punto de ocupar los principales bastiones ucranianos y ya no existen fortificaciones, ni equipamiento y mucho menos soldados para hacer frente a la avanzada del Kremlin.
Trump comprende que, de continuar la orientación de su predecesor en el salón oval, Ucrania corre el riesgo de convertirse en el Vietnam de la OTAN.
Zelensky no es ingenuo pero quedó acorralado entre su alineamiento a los intereses europeos y el ultimátum de subordinación a EEUU. Desde que Boris Johnson lo persuadió en 2022 de no aceptar el acuerdo de paz con Putin en Estambul, su margen de maniobra se ha reducido drásticamente. Aquel acuerdo, que implicaba la pérdida de Crimea pero dejaba a Ucrania fuera de la OTAN, era infinitamente más beneficioso que la realidad actual: un país devastado, el 20% de su territorio más rico bajo control ruso y cientos de miles de muertos. Sin el respaldo estadounidense, su única opción es mantener la orientación impuesta por Boris Jonson, con la Unión Europea como único sostén, aunque este también tambalea.
El mundo “libre” impotente y dividido.
Europa, con la drástica reducción de la actividad industrial en varios países como consecuencia de la suspensión del gas ruso, una crisis económica creciente y la presión social contra el sostenimiento de la guerra, ya muestra fisuras en su postura. Distintos gobiernos europeos empiezan a considerar una política más acuerdista con Rusia, mientras que, en las calles, el rechazo al conflicto crece. La posibilidad de que la UE se fragmente aún más en su política respecto a Ucrania es latente.
La reciente reunión entre Trump y Zelensky en la Casa Blanca fue una muestra clara del punto crítico al que ha llegado la relación entre ambos países. Lo que se esperaba que fuera un encuentro diplomático terminó en una acalorada discusión a los gritos, transmitida en vivo a la prensa. La postura de Trump y de su vicepresidente Vance, quien insistió en la necesidad de buscar una salida diplomática, dejó en claro que la administración estadounidense busca deslindarse de los costos financieros del conflicto y concentrarse en la disputa con China. Trump incluso llegó a decirle a Zelensky que no estaba «en una buena posición» para hacer exigencias.
Alguien tiene que pagar la boleta
Detrás de esta fricción se encuentra la búsqueda de Washington por recuperar parte de los costos del sostenimiento de la guerra, con la explotación de los recursos mineros de Ucrania. Especialmente sus tierras raras, esenciales para la fabricación de tecnología avanzada y armamento.
La negativa de Zelensky a aceptar este giro quedó en evidencia cuando, tras la tensa reunión, Trump lo descalificó públicamente, asegurando que el líder ucraniano «no está preparado para la paz» y que solo podrá regresar a la Casa Blanca cuando «esté listo para negociar». Con esta humillación pública, Washington dejó en claro que su apoyo no es incondicional y que Ucrania, más que un aliado, se ha convertido en un obstáculo para los intereses de Estados Unidos.
A tres años del inicio de la guerra, Ucrania se ha transformado en un agujero negro, una nación dividida, inviable y dependiente de potencias extranjeras.
El horizonte es oscuro para Ucrania, sobre todo para los miles que están muriendo en las trincheras en una guerra que está perdida, la población aún más, que debe vivir con problemas de suministro eléctrico, agua y escasez de alimentos. El pueblo ucraniano no tiene más tiempo, se le va la vida. Por el contrario, cuanto más tiempo pasa más fuerte se hace Rusia y más avanza en el frente de combate.
Zelensky se debe apurar a conseguir la paz, al precio que sea, pues esta en riesgo la existencia misma de su nación.